martes, 14 de julio de 2009

Conmemoración del 45º Aniversario de la muerte de Don Luis Batlle Berres (6)

Evocación de una imagen perenne

Un 15 también, pero de febrero de 1985, la muerte arrebató a “Maneco”, como todos lo conocían, de una larga lucha, pero sin derrotarlo.

El artículo que transcribimos, escrito en su impecable estilo, transluciendo el dolor que le provocó la muerte de Luis Batlle, fue publicado en “Acción” al cumplirse un año de dicho deceso.

De allí lo tomamos para que su autor no falte a una cita a la que el destino le impidió concurrir.

Más que el adjetivo, más que el ensayo político o la valoración histórica, quizás una posible manera de cumplir con Luis Batlle en este primer aniversario de su muerte, consista en evocar y más nada algunas entre las innumerables imágenes que de él nos habitan, en ofrecerlas a quienes no tuvieron un trato personal con él, en revivirlas siquiera sea para nosotros mismos.

¿Cuál elegir entre tantas? Sólo sé que entre las que se entrecruzan al repetir su nombre es imprescindible no olvidar la más lejana y paradójicamente la más esencial: la del primer día que lo vI, en la vieja Redacción del Salvo, cuando después de entregar la Presidencia de la República se aprestaba a salir para Europa.

Luis Batlle era uno de los hombres que nos comunicaban con los muertos.

Pienso ahora que entre las cosas que me impresionaron en él desde aquella primera vez, estaba, antes que ninguna otra, esa condición desprendida de la cual nunca pude enteramente mirarlo: la de venir directamente desde la historia.

O lo que es lo mismo, la de haber nacido en el centro de aquel torbellino cuyo tronco fue el viejo Batlle. La de haber crecido entre las Agrupaciones de gobierno, las Redacciones ardorosas y las Quintas suburbanas, desde donde nacía a su vez cada hora, entre polémicas y duelos, entre discursos, piedad, declaraciones y combates, la patria misma. O para decirlo con el idioma del Batllismo, que es más corto y más seco, el país.

Para mí, claro, atrás y desde siempre había otra historia. Yo la había tocado y sentido antes y de otro modo, como un estremecimiento más apagado y lejano, más general y difuso. Una historia más vieja, entrevista entre capataces rurales y caballos, entre libros de escuela y el paisaje con piedras de Illescas, donde cualquier caminante, a poco que se le mire en la perspectiva de unos cuantos pasos, parece representar los hombros emponchados, la silueta como recortada de firmeza de un Fausto Aguilar perviviente.

La historia desde la cual salía Luis Batlle era obviamente otra, más reciente pro no menos mítica.

Y por eso, incorporarse a él, someterse a la línea que encabezaba irresistiblemente, más que adherirse a un hombre era como si lo utilizáramos para ingresar también nosotros a ese mundo maravilloso y perdido, a ese formidable paisaje que se llama Batllismo y en cuya perspectiva, entre las cruces que marcan el sacrificio de Brum o el martirio de Grauert, se alzan como catedrales las realizaciones de Batlle y Ordóñez, las duras campañas militares o cívicas, los discursos luminosos de Arena.

Ese era Luis Batlle. Y cuando digo que nos comunicaba con los muertos, desde los cuales venía, era porque con él estaban vivos de algún modo sutil, casi remoto. Nadie es jefe en virtud de su fuerza, nadie como consecuencia de su energía o razón. La jefatura no es el arte prepotente de someter a los demás. Por el contrario, es el de levantarlos desde su mera condición individual a la dignidad colectiva.

Jefes son los que nos comunican con el pasado, los que nos entregan por nuestras propias fuerzas la inalcanzable corriente que viene desde tan atrás, los que por eso mismo con una naturalidad sin esfuerzo son capaces de indicarnos el rumbo.

Luis Batlle era él, solo él, un espectáculo en sí mismo. Porque además entretejida con todo lo que él significaba, estaba la densidad que su propio, personal destino de conductor había agregado, victoria tras victoria. En sus últimos años era el país entero el que descansaba sobre sus hombros, el que se equilibraba en torno a su figura, con el reconocimiento hasta de sus más enconados adversarios.

Y era porque, desasida de todo ese peso, estaba su presencia personal, su cualidad humana intransferible, el hombre que él era ya nada más. Y cuyo movimiento fácil en la vida y en la relación con los otros seres lo llevaban a disimular casi, con su afabilidad, su llaneza, su espíritu de amigo agradable, todo lo que estaba sosteniendo en otros órdenes de la vida colectiva de la República.

Era imposible no admirarlo, pero más fácil todavía era quererlo. Lo que tuvo de hombre guapo; lo que tuvo de una juventud que no perdió ni cuando dentro de su ataúd fue llevado por el llanto entero de su pueblo; lo que tuvo de bondadoso, de leal y de enamorado de todo lo que en este mundo es digno de enamoramiento, y hasta su manera de hablar y de reír, lo llevaban a quedarse con la adhesión de los demás como por derecho propio.

Para nosotros, que éramos de su hueste, resultó curioso, cuando la derrota de 1958 lo llevó al Senado y al diario contacto con enemigos casi mortales que no habían hablado nunca con él, verlos sucumbir también a éstos, ver como Luis se quedaba uno a uno con ellos hasta ser, en el cónclave de sus amigos y de sus adversarios, el que de nuevo los encabezaba y los mandaba a todos.

Y aún más: porque de nada valdría quizás todo esto si no hubiera estado, como el mayor dolor, una prueba definitiva en su vida: el revés electoral que en 1958 marcó, con el descenso del Partido Colorado, el comienzo de las calamidades en la República.

Hay otra imagen aquí de Luis Batlle. Una más honda, más grande todavía. La del que permanecía aquella noche silencioso, en aquel pequeño estudio del piso superior de Radio Ariel, mientras la ciudad se estremecía con el paso tumultuoso de los adversarios, ebrios de una victoria con la cual después sólo supieron hacer daño. Compañeros de toda condición social subían hasta aquel estudio a estrechar en silencio la mano de Don Luis, a permanecer un instante junto a él, para bajar enseguida con los ojos húmedos. Creo que en la historia de nuestras luchas políticas no se haya consumado jamás, con tanto ensañamiento, una injusticia tan grane contra nadie, como la que contra Luis Batlle marcó aquella desastrosa jornada.

Pero curiosamente, el hacer derrotados no es un privilegio a la derrota.

Como si dijéramos que la adversidad con algunos, y Luis Batlle era de éstos, lo más que consigue es recortarlos mejor en lo que tienen de afirmativos y viriles. O como si dijéramos todavía que no hay jefes acabadamente merecedores de ese nombre, si no pasaron un día por la prueba suprema de perderlo todo sin perder, sin embargo, el amor, la fidelidad de los suyos.

Creo verlo aún, con el oscuro impermeable sobre los hombros, inmovilizado y entero en el inhumano sufrimiento que aquel resultado electoral le imponía.

-Pobre país- fueron las primeras palabras que dijo, y enmarcadas en el enorme silencio, aquellas palabras eran las que comenzaban la lucha, las que nos recordaban a todos que no era en nosotros ni en el Partido, sino en la República en donde había que colocar el dolor y el pensamiento.

Era ya otro Luis Batlle, con muchos años más. Era otra lucha la que empezaba.

Tomado del fascículo de homenaje a Luis Batlle Berres del Diario Lea (1989) en ocasión del 25º aniversario de su fallecimiento.

viernes, 10 de julio de 2009

Conmemoración del 45º Aniversario de la muerte de Don Luis Batlle Berres (5)

A veces pienso que era un santo laico

Reportaje a la Sra. Matilde Ibáñez Tálice de Batlle Berres

Por Dr. Juan Carlos Fon-Amor

Un amplio, cómodo y coqueto apartamento, en un octavo piso, en la Avda. Luis P. Ponce, con una soberbia vista del entorno, llenos de recuerdos de Don Luis Batlle Berres, es el domicilio de su compañera de lucha y sacrificios durante casi toda su vida: Doña Matilde Ibáñez Tálice de Batlle Berres.

Allí vive rodeada del cariño de sus hijos que la visitan, del afecto de sus amigos de siempre, del respeto inalterable que su condición de dama exquisita le ha granjeado entre sus vecinos.

Hace casi veinticinco años que no la vemos y nos sorprende lo poco que ha cambiado, activa, dispuesta, lúcida, a veces brillante pese a sus ochenta y dos años de vida intensa, con unas pocas canas más, aún bella, con esa serena belleza que da una gran paz interior, nos recibe con su habitual cordialidad.

Sobre la mesa del antiguo comedor familiar, hay cientos de fotos, recortes, recuerdos, para ayudarse y ayudarnos.

Más de una hora dedicamos a revisar y elegir.

Luego, sin grabador a su pedido, iniciamos la entrevista.

- ¿Cómo lo conoció a Don Luis?

- Mire, a Batlle lo conocí en forma fortuita, al verlo pasar por la calle y me impresionó profundamente. Eso fue en 1922 y yo tenía poco más de quince años.

Luego lo encontré en varios lados, pero al principio no sabía quién era, me parecía muy atractivo pero quería saber más de él. Una vez lo vi en el palco que estaba reservado para el diario “El Día” en el Teatro Solís y ahí supe que trabajaba allí, pero como Batlle en esa época andaba muy modestamente vestido, pese a que ya era Diputado, pensé que era un obrero de taller, que trabajaba en las máquinas.

- ¿Se ennoviaron enseguida, supongo?

- Luego, bastante después, nos presentaron unos amigos y allí comenzó todo, eso era por 1923, nos ennoviamos en 1925 y nos casamos en 1927. Fueron 37 años de matrimonio en que, como todos, compartimos alegrías y tristezas, triunfos y derrotas, venturas y pesares, siempre unidos.

Una de las alegrías deben haber sido los hijos… En poco más de cinco años vinieron los tres hijos, Jorge en 1927, Luis en 1930 y Matilde en 1933, justo en el momento que se había desatado la dictadura de Terra.

- ¿Cómo era la relación con Don José Batlle y Ordóñez?

- La relación con Tío Pepe era muy profunda y muy íntima. Batlle perdió a su madre a los tres años y a su padre –Don Luis Batlle y Ordíoñez- a los doce años, desde entonces pasó a vivir con su tío, quien lo quería mucho y lo distinguía con una consideración muy especial, era su mano derecha en un sinnúmero de cosas vinculadas con “El Día” y con la política, muchas veces cuando Batlle y Ordóñez tendía que hablar con Viera, Sosa, Manini, su sobrino era el contacto.

Cuando éramos recién casados tío Pepe lo llamaba a las siete de la mañana para conversar con él, darle instrucciones para el trabajo del día, comentar cosas de la política…

- Cuando muere Batlle y Ordóñez comienza un periodo conflictivo de la historia del Partido y del país y Luis Batlle sufre las consecuencias.

- Cuando estalló el Golpe de Estado de Terra, a Batlle lo detuvieron y estuvo en el Cuartel de Bomberos, después lo deportaron al Brasil y, finalmente pudo ir a Buenos Aires, ahí recién me pude reunir con él y llevar conmigo a los chicos, que eran muy pequeños. Fue un periodo en el que pasmos muy mal, con muchas penurias económicas. Cuando al final pudimos volver no teníamos nada.

- ¿Sin embargo poco después del retorno compra Radio Ariel…?

- La Radio Ariel la compró con un préstamo de siete mil pesos que le hizo el Dr. Irureta Goyena que era el padrino de la hermana. Cuando Batlle se lo fue a devolver, un tiempo después, no los quería aceptar, le dijo que lo considerara un regalo, pero Batlle le pagó igual.

La compra de la radio se la propuso su hermano Lorenzo Batlle Berres, también un gran periodista, que era amigo del dueño Ferreri quien la quería vender, con el cual Lorenzo tenía un acuerdo.

- ¿La radio era una etapa trascendente en la vida política de Luis Batlle?

- La radio se transformó en un baluarte de la lucha por la democracia y la libertad, el apoyo a la República Española, la prédica antifacista y antinazista, la permanente consideración de los problemas nacionales, fueron un aporte importante para reafirmar el liderazgo de Batlle entre las nuevas generaciones del Partido.

- Con pocos recursos debió ser una tarea difícil lograr resultados.

- Allí trabajaron importantes figuras, muchos de ellos totalmente gratis para colaborar. En realidad colaboramos todos, incluso yo durante algún tiempo hice crítica cinematográfica en un programa que se llamaba “Cinefón Radial” con el seudónimo Mme. Verité. Batlle había escrito uno de sus libros en Buenos Aires bajo el alias de George Verité y de ahí tomé yo el mío.

Después, cuando Batlle entró como Presidente de la Cámara ya no me pude dedicar y abandoné.

- Eso fue después del '42 y Luis Batlle ya insinúa su liderazgo en base a su prédica y su prestigio, ¿qué pasa después?

- En 1946 Batlle debió ser candidato a la Intendencia de Montevideo, eso era lo convenido. Ya estaban incluso las listas impresas cuando surgió la de la Vicepresidencia, siempre pesamos que fue Lorenzo Batlle Pacheco el de la idea, pero César que era muy amigo de mi marido lo apoyó. Allí comenzaron los problemas porque, pocos meses después, por la muerte de Berreta, Batlle asumía la Presidencia de la República y desde allí llevó a cabo una tarea muy positiva, con enorme sentido de la responsabilidad cuyo resultado, pese a las críticas injustas fue que el partido ganara la siguiente elección por cien mil votos.

- El triunfo lleva a Martínez Trueba a la Presidencia y allí se produjo el gran debate sobre el colegiado al cual su esposo se opuso…

- Batlle no se oponía al Colegiado, a lo que se oponía era a un Colegiado creado entre cuatro paredes, es un acuerdo de dirigentes, alguno de los cuales como el Dr. Luis Alberto de Herrera, no creían en esa solución y lo usaban solamente para adquirir una cuota de poder que no podían alcanzar con sus votos. Batlle quería que si se resolvía un Colegiado lo resolviera el pueblo, convencido de que era una solución porque de lo contrario iba a fracasar.

El dijo que iba a durar poco y así fue, lo había previsto.

- Además el Colegiado frustró su segunda Presidencia que de otro modo hubiera sido prácticamente segura.

- No tenga ninguna duda, durante los tres años y medio en que ejerció la Presidencia llevó a cabo una obra extraordinaria, con total desinterés, absoluta dedicación y su tarea y su obra durante ese periodo le captó una inmensa adhesión popular. El pueblo sintió su afecto entrañable y le brindó su apoyo. Cuando integró el Colegiado fue Presidente del mismo tan solo un año, sin embargo, por una campaña despiadada durante los cuatro años le imputaron todos los errores, a pesar de que solo era uno de los seis Consejeros de la mayoría y los aciertos siempre eran de los demás. Fue un periodo en que sufrió mucho y solo continuó por su inmenso sentido de la responsabilidad.

- La campaña contra Luis Batlle fue una de las causas de la derrota del Partido Colorado en las elecciones de 1958 ¿verdad?

- Sí, creo que fue así. Lo calumniaron en todas las formas posibles, sin fundamento alguno. Dijeron de todo y ello provocó dudas. Después cuando fue Senador de la República fue demostrado que eran todas mentiras. Ni una sola vez, nadie se animó a levantar, frente a frente, ni una sola de las calumnias que habían sostenido en las tribunas. Allí quedó demostrada la falsedad de todo lo que dijeron. Batlle fue siempre un hombre desinteresado y preocupado por su país, cuando fue a las Naciones Unidas le ofrecieron la Presidencia de la Asamblea General y la declinó, pese al gran honor personal que significaba obtener para el país un cargo en la Corte Internacional de la Haya. “Para el país es mas importante tener nueve años un juez en la Haya que nueve meses un Presidente de la Asamblea”, dijo.

- ¿Qué significó para Luis Batlle el ser derrotado en 1958?

- El siempre pensó que la gran derrota era la del país. Que se interrumpía la obra del batllismo y que eso era nefasto para la República. De inmediato se abocó a reorganizar el Partido para su nueva función, con enorme fe, sin resentimientos, con espíritu constructivo, sin recurrir al insulto, a la mentira, a la diatriba infundada.

Al día siguiente de la derrota escribió un editorial histórico en “Acción”, reclamando el esfuerzo de todos para volver a obtener la victoria, dando ánimo a los desalentados, incitando a todos a continuar la lucha sin un solo desmayo. La recuperación del Partido, que estuvo cerca de obtener la victoria en 1962, fue en gran medida su obra.

- Sin embargo esa derrota debe haberlo afectado…

- Y cómo! Eso fue lo que generó su enfermedad al corazón. Batlle era plenamente consciente de la fragilidad de su estado, pero no abandonó su lucha incansable. El dijo: “Entre cuidar mi salud y cuidar al Partido, cuido al Partido como es mi deber”. Sin embargo en alguna ocasión manifestó: “No le temo a la muerte, pero qué inmensa pena será el no volver a verlos”, allí está condensada toda su enorme ternura unida a un carácter firme y un gran sentido de su responsabilidad. Muchas veces pienso que era una especie de santo laico.

- ¿Cómo era Luis en su relación a nivel familiar?

- Era un hombre con una tremenda capacidad de cariño, que adoraba a su familia a la cual brindaba todo su amor. Sufrió mucho, por ejemplo, cuando Luisito, llevado por su vocación musical, debió ausentarse del país. No quería dejar que se fuera. Yo le decía que él amaba con los brazos apretados y yo con los brazos abiertos.

Ya ha pasado un cuarto de siglo desde su muerte y a veces me parece mentira. Todavía cuando tengo que hablar de estas cosas me emociona mucho, a pesar del tiempo transcurrido y de que el tiempo es el único paliativo para el dolor de que no esté.

Le voy a hacer una confidencia. Cuando murió Batlle, durante algún tiempo su escritorio quedó como lo había dejado: lleno de papeles, libros, anotaciones, diarios, en un tremendo desorden que sólo él entendía y que no me permitía tocar. Cuando al fin pude empezar a revisarlo encontré allí un libro, junto a su lugar de trabajo, “El amor humano” de Jean Guitton, abierto en la página que leí llorando. Lo he guardado siempre y lo tengo aquí. Dice así: “La vejez nos lleva hacia el cónyuge. Necesariamente la comunidad de vida se hace mayor por el alejamiento de los hijos, tan frecuente en nuestra civilización personalista, por los achaques que nos hacen reclamar el apoyo del otro, por el hábito casi animal de estar juntos”.

“En este tercer estado el amor carece de pasión, no es casi sentimiento sino mas bien estado. Reviste cierto aspecto de cosa sagrada, me atrevería a decir sacramental, porque el tiempo transcurrido, la madurez alcanzada, la imposibilidad de seguir acrecentándose, la aproximación del fin, le dan carácter de estabilidad. Es amor que se recuerda, que se repite, que se encuentra nuevamente”.

“En este momento el amor se aproxima a la Religión”.

Mientras lee su voz tiembla, los ojos, serenos, brillan humedecidos. –Creo que fue la forma de despedirse – me dice, con una sonrisa muy dulce.

Y no pude continuar la entrevista.

Tomado del fascículo de homenaje a Luis Batlle Berres del Diario Lea (1989) en ocasión del 25º aniversario de su fallecimiento.

Conmemoración del 45º Aniversario de la muerte de Don Luis Batlle Berres (4)

Una lección en el recuerdo

El coraje y la tolerancia

Reportaje al Presidente de la Cámara de Diputados Luis Antonio Hierro López

Por Eduardo Ferrer

“Tengo a Luis Batlle en la memoria como un nítido recuerdo de infancia”; nos expresa Luis Antonio Hierro López, actual Diputado y Presidente de la Cámara de Representantes, hijo del actual embajador uruguayo en España y viejo luchador batllista Luis Hierro Gambardella, buena parte de cuya formación y realización en la vida política nacional la hizo al lado del formidable caudillo quincista.

“Estaba siempre muy cerca de él – continua Hierro López - ; recuerdo perfectamente la noche del último domingo de Noviembre de 1958 cuando, ante la derrota electoral, mi padre lo llamó desde mi casa y Batlle le dijo: “Lo espero mañana a las ocho de la mañana en el diario ‘Acción’ para empezar a trabajar otra vez”… Yo tendría, entonces, unos ocho o nueve años.

Pero cuando empecé a tratarlo realmente fue en mi adolescencia, cuando tendría yo unos quince años.

Era un hombre de profunda humanidad, tenía una expresión de sentimientos muy cálida y también una gran firmeza de carácter, como lo indica la anécdota anterior y otros hechos y manifestaciones que pude observar posteriormente”.

AQUEL CHUPIN DE PESCADO

“Mi madre hacía un delicioso chupin de pescado – continúa nuestro interlocutor – y a Luis le encantaba. Cada tanto iba a nuestra casa para volver a gustarlo. A veces, provocaba reuniones de esa índole y aprovechaba también el encanto de aquellos encuentros familiares, para invitar a compañeros políticos que estaban distanciados o tenían algún problema, dándoles un sentido de unidad y entendimiento.

Yo escuchaba esas charlas y ello también me ayudó a conocerlo y fijar su forma de ser, su sonrisa, sus ademanes…”

EL CORAJE Y LA TOLERACIA

“El recuerdo en torno a Luis Batlle más claro y mas grato de mi adolescencia proviene de un día en que, contando yo unos 16 años y haciendo mis primeras armas periodísticas y políticas en aquel inolvidable diario ‘Acción’ de la calle Camacuá, entré por un instante a la redacción política y, sin aviso ni saludo previo, me dijo: ‘ciudadano, usted me acompañará a Fray Bentos el próximo fin de semana’. Fueron para mí jornadas inolvidables.

Partimos en su Mercedes colorado; de a ratos manejaba el chofer, otros él. En momentos que él conducía, por la mitad del trayecto, tuvo que aminorar la marcha porque en la ruta estaban realizando trabajos viales. De repente, de uno de los obreros partió un insulto a su persona que se escuchó nítidamente en la clara mañana. Paró el auto y bajó, mientras el chofer intentaba hacer lo propio; él se lo impidió con un gesto a la vez que expresó: ‘Voy solo…’ Se arrimó al grupo y preguntó: ‘¿Alguien tiene algo que decirme?’… Un nervioso silencio tensó el ambiente y, finalmente, un capataz dio un paso al frente y manifestó: ‘No don Luis, siga su camino’… El obrero que había sido responsable del insulto – a quién yo había individualizado perfectamente desde el vehículo – ni lo miró y el caudillo, volviendo sus pasos, retornó al volante siguiendo la marcha sin referirse más al incidente.

Ya en Fray Bentos, creo que fue un domingo – prosigue Hierro López – me invitó a caminar solos por la calle. La gente lo saludaba con cariño y respeto. ‘Vamos a entrar en la Iglesia’, me dijo.

Aquella invitación, con mi formación y a los 16 años, contradecía mis sentimientos y lo que yo pensaba que también eran los suyos. Ya adentro del recinto me dijo: ‘Las Iglesias de campaña son muy lindas; además, más allá de cualquier posición filosófica es bueno tener una gran tolerancia para con los sentimientos religiosos de la gente’ “.

UN HOMBRE EN TODA SU GRANDEZA

“Allí – dice Hierro con visible emoción – vi al hombre en toda su grandeza. En esa gira tan breve lo pude observar en su coraje y en su tolerancia. Era un ser humano de grandes dimensiones que en aquella mañana luminosa y fría de 1963, en la paz del ambiente provinciano, le enseñaba a un joven amigo el espíritu que hay que tener, al advertir su inicial rechazo por entrar en una Iglesia.

Estas impresiones y otras que he recogido de mi padre, quien profesó gran cariño y lealtad hacia Luis Batlle, me han permitido definir el perfil de un gran dirigente político, que tenía un enorme olfato para advertir y entender las ansiedades populares y una formidable capacidad para la conducción que le permitió superar las más graves circunstancias”.

SOLO POR LOS GRANDES CAUDILLOS

“Lo recuerdo, finalmente – añade Hierro -, en su última época como Senador de la República; sus adversarios, que tan duro lo habían atacado entre 1948 y 1958, le profesaban un absoluto respeto.

La historia podrá criticar algunos aspectos de su gobierno, pero, más allá de cualquier juicio de esa índole, existe un sentimiento popular que los uruguayos tienen solo por su grandes caudillos y yo creo que él lo fue. Por su carisma, por sus actitudes, por sus discursos expresados con un tono de voz inconfundibles y una profunda calidez por su calidad humana.

Quienes lo conocimos, como yo, aún en forma tan remota, lo seguimos extrañando por todo eso y más; por la magia de su comunicación y por el atractivo formidable que ejercía en la gente.

El me dejó, a los 16 años, un sello imborrable que llevo con orgullo en el alma, en el corazón y en la mente. Y en esa estadística sin tecnología que es nada más – ni nada menos acotamos nosotros – que la historia de las vivencias de un hombre”…

Tomado del fascículo de homenaje a Luis Batlle Berres del Diario Lea (1989) en ocasión del 25º aniversario de su fallecimiento.

Conmemoración del 45º Aniversario de la muerte de Don Luis Batlle Berres (3)

El estadista que vio claro

Luis Trócoli

Hemos sostenido más de una vez, y lo hemos hecho con una sensación fruto de una mezcla de tristeza e incomprensión, luego de aquel sacudimiento dramático que supuso para el país la muerte de Luis Batlle Berres, ni la República ni nuestro propio Partido acometieron la tarea de dimensionar en medidas de justicia la colosal estatura que como estadista excepcional tuvo aquel gobernante y dirigente partidario.

Y ello le ha costado, por lo menos a dos generaciones, la información, el conocimiento y el por ende la comprensión de las ideas, de la lucha y de la conducta de la mayor y luminosa presencia directriz que ha tenido el Uruguay en sus últimos 50 años.

En esa actitud de LEA haciendo un hito especial a los 25 años de su fallecimiento, no solo merece el aplauso conmovido de quienes tuvimos la fortuna de poder actuar en su época y a su lado, sino que, además y ojala, pudiera constituir la portada, el prolegómeno de un esfuerzo en profundidad y en extensión por hacer conocer su pensamiento, fundamentalmente a los jóvenes, para que adviertan y se asombren de la vigencia y dramática actualidad que el mismo tiene hoy en los problemas de país, del continente y del mundo.

En el margen de esta participación que se nos solicita, el espectro de temas que invitan a abordarlos es interminable, pero tenemos la obligación de elegir uno y queremos hacerlo con el que supuso, en su hora y en su solitaria lucha, una verdadera premonición de un estado de conciencia colectiva en el continente y referido nada menos que al orden económico mundial que empezaba a tomar forma y desarrollarse casi simultáneamente con su irrupción en la tarea gobernante del país.

Puede afirmarse ahora, con admiración y reconocimiento, que en aquella década de los años 40, en la que comenzaban a entretejerse las coordenadas económico-financieras que provocarían inexorable y progresivamente el desplome de los países del Tercer Mundo, Luis Batlle fue el único de los dirigentes políticos del continente y del concierto de los países pobres del mundo que vio claro y que se plantó, solitario y aguerrido, en su pequeño país, para librar un tremenda batalla contra fuerzas gigantes que, sin ningún contenido doctrinario, no pretendían otra cosa que lograr que los países débiles fueran los proveedores de materia prima sin elaborar para alimentar los parques industriales de los países fuertes y mantener en ellos altos niveles de ocupación.

Porque es importante que los jóvenes que viven el impacto de la deuda externa como catástrofe universal que ven que hoy no hay foro de naturaleza alguna que no incluya su consideración en su temerario, y que se enteran a diario de las dificultades de los países subdesarrollados para comercializar su producción, o porque se les obliga a competir con producciones subsidiadas o porque se le cierran fronteras con políticas proteccionistas, y que ven, sin comprenderlo cabalmente, como, más allá de lo discursivo y formal se pretenden formar rubros de países de primera y países de segunda, es importante, repetimos, que sepan que estos fenómenos que alteran gran parte de la estructura social del mundo no nacieron por generación espontánea ni se crearon en los últimos 10 o 20 años, sino que llevan más de 40 años de vigencia y que la de Luis Batlle fue la voz que se levantó para luchar y para impedir que sus consecuencias cayeran como una maldición sobre el país. Y que lo logró. Si, venció. Mientras el partido fue gobierno. Hasta que el partido fue derrotado en las urnas y hubo que resignar la administración a manos del partido adversario. Allí las defensas se derrumbaron y fue la portada del caos. Pero eso ya es otra historia. Analicemos lo anterior más en detalle porque vale la pena.

Promediaba el Gobierno del Dr. Amézaga (1942-1946) que fue en su momento también el cambio en paz, pues fue fruto de la madurez de los hombres del partido para epilogar la dictadura terrista y el gobierno de Gral. Baldomir. Estaba en sus postrimerías la guerra que había desatado el totalitarismo hitleriano y las dos naciones que se sentían triunfadoras y que descontaban su protagonismo en el mundo en los siguientes cincuenta o cien años, comenzaban a armar los carriles, las coordenadas, por donde habrían de transitar en materia económica en el futuro.

En el Este la cosa fue bien simple: se creó la Comisión de Ayuda Mutua – que más tarde derivaría hacia el Comecón – con un principio muy claro y frontal, como lo era el del que los países comprendidos en el sistema debían sujetarse a los planes de desarrollo impuestos por Moscú.

En Occidente la solución fue muy parecida pero más sofisticada. Veamos. En los convenios de Bretton Woods del 22 de julio de 1944, se crearon 2 organismos:

1) El Fondo Monetario Internacional, cuya finalidad era crear un sistema de préstamos a corto plazo tendientes a equilibrar las balanzas de pagos transitoriamente afectadas.

2) El Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento, encargado de la realización de préstamos a largo plazo, con fines de desarrollo económico.

Las grandes banderas teóricas que el Fondo desplegaba para fundamentar su creación estaban establecidas en el Art. 1º del convenio:

a. Cooperación sobre problemas monetarios internacionales;

b. Facilitar la expansión y el desarrollo equilibrado del comercio internacional. Mantenimiento de altos niveles y desarrollo de las fuentes productivas.

c. Estabilidad de cambio.

d. Establecer un sistema de pagos multilaterales y eliminar restricciones del cambio que obstaculicen el desarrollo del comercio mundial.

e. Fomentar la mutua confianza de los países.

f. Acortar y disminuir los desequilibrios de las balanzas de pagos internacionales.

Bien, simplificando en muchas etapas el proceso de los créditos otorgados por el FMI, particularmente los stand by, el requisito fundamental era el de la condicionalidad, es decir, que para ser otorgado, el Gobierno que lo procurara debía firmar una carta de intención, teóricamente fruto de un acuerdo y en la práctica dictado por el Fondo, donde se comprometía una política económico-financiera que deberían durar el plazo total de la suma de las entregas parciales del préstamo acordado.

Más de 40 años de aplicación del FMI en los países del Tercer Mundo, y los resultados obtenidos con las mismas eximen en la oportunidad del análisis que mostraría que todo el mecanismo fue creado y aplicado fríamente en el exclusivo beneficio de los países altamente industrializados.

La lucha entablada por Luis Batlle contra el sistema que buscaba y terminaría por aniquilar la capacidad productiva de los países afiliados al club de los stand by, fue realmente tremenda.

Comenzó con el establecimiento de la paridad a establecerse para el aporte del 25% de la cuota de afiliación que debía ser hecho en moneda nacional. Batlle sostuvo, sin decaimiento en su postura, que dicha paridad debía ser la 1.519 que era la que regia para le exportación de la lana sucia. El Fondo no lo aceptó y recién hubo acuerdo en el período de Gobierno nacionalista cuando se estableció dicha paridad en 7.20.

Fueron innúmeras las visitas de los funcionarios del FMI para reclamar del Gobierno batllista la supresión de los cambios múltiples que este utilizaba para su política social con 2.10 para la importación de combustibles, de 3.00 para medicamentos, 4.11 para materia prima y artículos de primera necesidad y del 6.11 al libre siguiendo la línea de lo suntuario con recargos de 40%, 75%, 150% y 300%. Muchas veces las batallas verbales fueron muy duras pero siempre los delegados del Fondo tenían que volverse sin haber avanzado un ápice en su pretensión de cambio único.

Y no fue más amable la controversia con el Presidente de la Federación Lanera Internacional, radicado en Paris, en su tesis desaforada por impedir que el Uruguay exportara ¿casimires?, ¿tejidos?, ¿hilados?. No, más aún. Tampoco tops, en la pretensión de que nuestro país fuera solamente exportador de lana sucia, obviamente, para alimentar de materia prima las fábricas instaladas en los países industrializados y mantener altos niveles de ocupación para sus obreros, con total menosprecio y desinterés por la suerte de los obreros de nuestro país.

Y Luis Batlle levantó la consigna de la industrialización del país. Y levantó tribunas en todos los rincones de la República, donde con los brazos en alto y los puños apretados, defendía el derecho de exportar el trabajo de nuestros obreros. Y salvaba de la quiebra a Lana Sur, propiedad de notorios adversarios del partido, y ayudaba a la creación de Sadil, y procedía al reequipamiento industrial de la República en términos porcentuales, sin parangón con todos los países de Latinoamérica.

Luis Batlle había visto claro. Y hasta 1958, gracias a la clara preeminencia de su personalidad y su pensamiento en la conducción del país, éste no firmó ningún préstamo stand by, defendió su libre determinación en materia económico-financiera, tuvo presupuestos equilibrados, creó fuente de trabajo y defendió la esperanza y la salud social de la gente.

Y era tan fuerte en él la pasión por el interés público que dos meses antes de su muerte, en mayo de 1964, denunciaba en el Senado el hecho de que EEUU subsidiaba las exportaciones a razón de 6 centavos por libra, lo que le permitía colocar la tonelada de carne en Europa a 80 dólares por debajo del precio que la comercializaba Uruguay. Y decía, en la oportunidad el ilustre gobernante: “Durante los gobiernos colorados principalmente cuando nuestro sector estuvo en mayoría, el país se defendió de esta acometida de los ‘grandes’ contra nuestra economía con los convenios bilaterales, con una política de importaciones dirigidas, con la desgravación de las industrias de exportación, con el fomento de nuestra agricultura y de nuestra industria, de modo de hacernos cada vez más independientes en la satisfacción de nuestras necesidades. Pero cuando el nacionalismo llegó al poder toda esta política de defensa de la producción y del trabajo uruguayo se vino al suelo y nos colocó indefensos en manos de las grandes potencias económicas”.

La denuncia, que se transformó en batalla, provocó una fuerte reacción internacional, incluso en los mismos Estados Unidos, cuyo ejercicio del dumping fue claramente probado y el que debió desistir frente a la magnitud de la denuncia de Batlle que consiguió restituir para los países exportadores de carne condiciones de competitividad sin ventajas ajenas a los reales costos de producción.

Este perfil del infatigable luchador por el bien superior del país que fue Luis Batlle, y que hemos tenido que describir a grandes líneas, muestra sin duda el genio de los grandes gobernantes, que son capaces de adelantarse en el tiempo con posturas ideológicas que recién al cabo de decenios, se transforman en un sentir colectivo, casi por encima y más allá de los partidos, porque es la esencia de un destino feliz y justo para la República lo que ha estado en juego desde un principio.

Tomado del fascículo de homenaje a Luis Batlle Berres del Diario Lea (1989) en ocasión del 25º aniversario de su fallecimiento.

miércoles, 8 de julio de 2009

Conmemoración del 45º Aniversario de la muerte de Don Luis Batlle Berres (2)

La vida de un gran caudillo

Diputado Juan Justo Amaro

El 15 de julio se cumple un cuarto de siglo de la desaparición física de Luis Batlle Berres, por lo que el Parlamento convocó a una sesión solemne de homenaje a su trascendente personalidad ciudadana y política. Ha sido para mí un inmenso honor se me asignara para hacer uso de la palabra en esta ocasión.

Cuando Luis Batlle Berres iniciara su carrera política tenía 25 años de edad, allá por 1921. Ocupó una banca en la Cámara de Representantes, ya en 1923, en nombre del Partido Colorado, en la que permaneció tras sucesivas reelecciones hasta 1933. En ese momento es obligado a cesar en sus funciones y desterrado del país por la dictadura de Gabriel Terra. Posteriormente en 1942 fue reelecto Diputado y designado Presidente de la Cámara de Representantes, en la que se mantuvo como tal hasta 1946.

Integró la fórmula presidencial con don Tomás Berreta, que resultara triunfante en las elecciones de 1946 en calidad de vice-presidente de la República. Así presidió el Senado y la Asamblea General, pasando a ocupar la Presidencia de la República ante la desaparición física de don Tomás Berreta, el 2 de agosto de 1947.

En el período de 1950-1954 fue electo Senador y Consejero Nacional de Gobierno en 1954, presidiendo este Cuerpo durante el primer año de su mandato. Senador electo en 1958, ocupó este cargo hasta 1962 y en esta fecha fue electo Consejero Nacional como Representante de la Lista 15, no obstante optó por el cargo de Senador para el que también se había postulado.

Como parlamentario tuvo relevante actuación en la promoción de importantes leyes nacionales, tales como la de Creación de ANCAP en 1931, y la creación de la Fuerza Aérea Uruguaya y de la Escuela Nacional de Aeronáutica, así como la Ley de Municipalización del Transporte Colectivo de Pasajeros, la adquisición de la Compañía de Aguas Corrientes y de la Compañía Inglesa de Ferrocarriles. Pero sin duda fue un extraordinario propulsor de la creación de nuevas industrias privadas y del mejoramiento de las existentes.

Paralelamente a su actividad política tuvo intensa actuación como periodista siendo el Jefe de Redacción y Secretario General del diario “El Día” y en 1936 fundó Radio Ariel y el Diario Acción en 1948.

Finalmente, precisamente un 15 de julio de 1964 tiene lugar su lamentable desaparición física, después de una intensa actividad política y ciudadana que le permitiera mantener su liderazgo hasta la edad de los 68 años, en que nos dejara, pero a la vez nos legara su inmenso caudal de ideales.

Su alejamiento definitivo lo sintió particularmente el Partido Colorado, pero sin duda todos los partidos del País y la población en su conjunto, a la cual le había dedicado sus desvelos.

En el ámbito parlamentario se hicieron oír voces de todos los sectores políticos destacando sus condiciones de gran adversario e hidalguía en su batallar político. Quizá el homenaje más significativo y sentido haya sido el que le rindieran sus adversarios políticos, que lo catalogaron como el último gran caudillo cuyo magnetismo y atractivo no llegarán a interpretar adecuadamente los sociólogos y los psicólogos, pero que en cambio han hecho vibrar las multitudes que lo han seguido durante más de cuarenta años de luchas políticas.

Es para mí, particularmente emocionante evocar su memoria porque he tenido el inmenso privilegio de haber sido elegido por el mismo, para transitar por este duro y fascinante camino de la actividad política, que impulsado por Luis Batlle iniciara en mi Florida natal, hace más de 30 años.

En la inmensidad de su figura homenajeo no solo al gran político y estadista sino al caudillo capaz de mover multitudes y trascender con su figura y su talento más allá del período del tiempo que le tocó vivir y sin duda más allá del siglo en que vivió.

Tomado del fascículo de homenaje a Luis Batlle Berres del Diario Lea (1989) en ocasión del 25º aniversario de su fallecimiento.

Conmemoración del 45º Aniversario de la muerte de Don Luis Batlle Berres (1)

Un mandato ético

Senador Juan Adolfo Singer

Evocar a Luis Batlle nunca será fácil para nosotros. Aun veinticinco años después de aquel triste 15 de julio de 1964 que lo vio partir, su recuerdo continúa rodeándonos, cargado de subjetividades, de emociones, de sentidas vigencias. El transcurso del tiempo – ya un cuarto de siglo, ¡parece increíble! – solamente contribuyó a levantar su imagen rectora, a reafirmar su perfil conductor y ahondar la confianza, la adhesión y la solidaridad espiritual que supo despertar en nosotros y que le profesamos sin fallas y con fraternal cariño.

Lo conocimos personalmente en la Radio Ariel, a mediados de 1953, ubicada en aquel entonces en 18 de Julio casi Médanos. Allí estaba instalado todas las tardes, en su despacho de la planta alta, y era donde habitualmente atendía a quienes le solicitaban audiencia. Fuimos con otros compañeros, integrantes de la Comisión de la Prensa de la antigua y siempre recordada Asociación de Estudiantes Batllistas del Liceo Nocturno, a solicitarle el respaldo del diario “Acción” para nuestros comunicados y declaraciones. Estuvimos conversando más de una hora. Primero nos escuchó atentamente. Luego se interesó, hasta en los detalles, por todo lo que estábamos haciendo y por lo que nos proponíamos llevar adelante. Después nos expuso, con claridad y sencillez pero con argumentos henchidos de fuerza, algunos de sus lineamientos políticos y en qué medida estos podían coincidir con nuestra propia lucha en el plano gremial estudiantil. Con reiteración nos señaló que debíamos distinguir con nitidez los límites entre la militancia gremial y la partidaria. Terminó manifestándonos su apoyo y puso el diario a nuestra entera disposición.

Nosotros ya estábamos afiliados al Club Ideas y Acciones de la Lista 15, ubicados en Misiones y Buenos Aires y cuya Secretaría General ejercía Don Luis V. Toscano. Pero otros compañeros integrantes de esa delegación estudiantil no tenían filiación sectorial dentro del Partido. Cuando salimos de esa entrevista y al cabo de un par de horas en un bar de las cercanías, comentándola, todos – sin excepciones – nos dispusimos a trabajar, redoblando esfuerzos, para asegurar el triunfo de Luis Batlle en las elecciones internas de ese año y en las nacionales al siguiente.

Tenía un franco carisma cudillesco, pero antes que eso era un conductor. Confiaba en la persuasión. Profundamente racionalista, sustentaba su poder de convocatoria en buenos argumentos y en toda discusión era sensible y permeable a cualquier disenso fundado de una sólida lógica.

La política constituyó, obviamente, el centro mismo de su existencia. Todo su ser estaba inmerso en ella. Todo su claro talento y todas sus energías, que eran inmensas, la abarcaban. El país como meta y el partido como instrumento, fueron la motivación apasionada de su vida de todos los días, el eje de sus desvelos, las causa de sus alegrías o tribulaciones. El país y el partido lo concernían de tal forma como si con él formaran un conjunto indivisible, un todo único.

La industrialización del Uruguay fue el impulso más firme en su acción de gobernante, concebida como una estrategia al servicio del desarrollo independiente y del bienestar popular. Careció de un marco teórico adecuado para sustentarla sobre bases más consistentes y la intelectualidad uruguaya de mediados de este siglo no fue capaz de brindárselo. El enfrentamiento con los intereses agro-importadores de adentro y los industriales de afuera, fue duro e implacable. De todos modos esa etapa industrializadora, basada fundamentalmente en la sustitución de importaciones, representó un progreso real, funcional para el país en su conjunto y para el nivel de vida de su gente y determinó transformaciones irreversibles en la economía nacional.

Su lucha contra los magnates de la industria europea y su firme defensa de los intereses nacionales ante los gobernantes y los empresarios norteamericanos, dentro mismo de los Estados Unidos, cuando viajó a este país siendo Consejero Nacional de Gobierno, son hitos imborrables de la histórica causa batllista al servicio del progreso del Uruguay.

José Batlle y Ordóñez, su tío y maestro, a quien lo unía un cariño filial hondo, entrañable, fue su numen inspirador, su referencia constante. De ahí su veta justiciera, el contenido social y solidario de su liderazgo político y de sus esfuerzos de gobernante. La justicia social para Luis Batlle, igual que para José Batlle y Ordóñez, no era una cuestión de funcionalidad económica ni componente de un determinismo histórico. Representaba algo anterior, más alto y más profundo a la vez. Formaba parte de una concepción filosófica humanista. Era, en sustancia, un mandato ético.

Estos trazos gruesos en la evocación de Luis Batlle, que intentan demostrar algunas aristas de su singular personalidad, cobran sentido – en particular para quienes fuimos sus alumnos, militantes de su causa, compañeros de tareas en su diario – si somos capaces de asumir su prédica y sus ejemplos. Para Luis Batlle, bien lo sabemos, otro homenaje no tendría ninguna razón de ser.

Luis Batlle ya no está, pero sus continuadores Juan A. Singer, Jorge Batlle, Héctor Grauert siguen cumpliendo su mandato.

Tomado del fascículo de homenaje a Luis Batlle Berres del Diario Lea (1989) en ocasión del 25º aniversario de su fallecimiento.