miércoles, 8 de julio de 2009

Conmemoración del 45º Aniversario de la muerte de Don Luis Batlle Berres (1)

Un mandato ético

Senador Juan Adolfo Singer

Evocar a Luis Batlle nunca será fácil para nosotros. Aun veinticinco años después de aquel triste 15 de julio de 1964 que lo vio partir, su recuerdo continúa rodeándonos, cargado de subjetividades, de emociones, de sentidas vigencias. El transcurso del tiempo – ya un cuarto de siglo, ¡parece increíble! – solamente contribuyó a levantar su imagen rectora, a reafirmar su perfil conductor y ahondar la confianza, la adhesión y la solidaridad espiritual que supo despertar en nosotros y que le profesamos sin fallas y con fraternal cariño.

Lo conocimos personalmente en la Radio Ariel, a mediados de 1953, ubicada en aquel entonces en 18 de Julio casi Médanos. Allí estaba instalado todas las tardes, en su despacho de la planta alta, y era donde habitualmente atendía a quienes le solicitaban audiencia. Fuimos con otros compañeros, integrantes de la Comisión de la Prensa de la antigua y siempre recordada Asociación de Estudiantes Batllistas del Liceo Nocturno, a solicitarle el respaldo del diario “Acción” para nuestros comunicados y declaraciones. Estuvimos conversando más de una hora. Primero nos escuchó atentamente. Luego se interesó, hasta en los detalles, por todo lo que estábamos haciendo y por lo que nos proponíamos llevar adelante. Después nos expuso, con claridad y sencillez pero con argumentos henchidos de fuerza, algunos de sus lineamientos políticos y en qué medida estos podían coincidir con nuestra propia lucha en el plano gremial estudiantil. Con reiteración nos señaló que debíamos distinguir con nitidez los límites entre la militancia gremial y la partidaria. Terminó manifestándonos su apoyo y puso el diario a nuestra entera disposición.

Nosotros ya estábamos afiliados al Club Ideas y Acciones de la Lista 15, ubicados en Misiones y Buenos Aires y cuya Secretaría General ejercía Don Luis V. Toscano. Pero otros compañeros integrantes de esa delegación estudiantil no tenían filiación sectorial dentro del Partido. Cuando salimos de esa entrevista y al cabo de un par de horas en un bar de las cercanías, comentándola, todos – sin excepciones – nos dispusimos a trabajar, redoblando esfuerzos, para asegurar el triunfo de Luis Batlle en las elecciones internas de ese año y en las nacionales al siguiente.

Tenía un franco carisma cudillesco, pero antes que eso era un conductor. Confiaba en la persuasión. Profundamente racionalista, sustentaba su poder de convocatoria en buenos argumentos y en toda discusión era sensible y permeable a cualquier disenso fundado de una sólida lógica.

La política constituyó, obviamente, el centro mismo de su existencia. Todo su ser estaba inmerso en ella. Todo su claro talento y todas sus energías, que eran inmensas, la abarcaban. El país como meta y el partido como instrumento, fueron la motivación apasionada de su vida de todos los días, el eje de sus desvelos, las causa de sus alegrías o tribulaciones. El país y el partido lo concernían de tal forma como si con él formaran un conjunto indivisible, un todo único.

La industrialización del Uruguay fue el impulso más firme en su acción de gobernante, concebida como una estrategia al servicio del desarrollo independiente y del bienestar popular. Careció de un marco teórico adecuado para sustentarla sobre bases más consistentes y la intelectualidad uruguaya de mediados de este siglo no fue capaz de brindárselo. El enfrentamiento con los intereses agro-importadores de adentro y los industriales de afuera, fue duro e implacable. De todos modos esa etapa industrializadora, basada fundamentalmente en la sustitución de importaciones, representó un progreso real, funcional para el país en su conjunto y para el nivel de vida de su gente y determinó transformaciones irreversibles en la economía nacional.

Su lucha contra los magnates de la industria europea y su firme defensa de los intereses nacionales ante los gobernantes y los empresarios norteamericanos, dentro mismo de los Estados Unidos, cuando viajó a este país siendo Consejero Nacional de Gobierno, son hitos imborrables de la histórica causa batllista al servicio del progreso del Uruguay.

José Batlle y Ordóñez, su tío y maestro, a quien lo unía un cariño filial hondo, entrañable, fue su numen inspirador, su referencia constante. De ahí su veta justiciera, el contenido social y solidario de su liderazgo político y de sus esfuerzos de gobernante. La justicia social para Luis Batlle, igual que para José Batlle y Ordóñez, no era una cuestión de funcionalidad económica ni componente de un determinismo histórico. Representaba algo anterior, más alto y más profundo a la vez. Formaba parte de una concepción filosófica humanista. Era, en sustancia, un mandato ético.

Estos trazos gruesos en la evocación de Luis Batlle, que intentan demostrar algunas aristas de su singular personalidad, cobran sentido – en particular para quienes fuimos sus alumnos, militantes de su causa, compañeros de tareas en su diario – si somos capaces de asumir su prédica y sus ejemplos. Para Luis Batlle, bien lo sabemos, otro homenaje no tendría ninguna razón de ser.

Luis Batlle ya no está, pero sus continuadores Juan A. Singer, Jorge Batlle, Héctor Grauert siguen cumpliendo su mandato.

Tomado del fascículo de homenaje a Luis Batlle Berres del Diario Lea (1989) en ocasión del 25º aniversario de su fallecimiento.

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