Un mandato ético
Senador Juan Adolfo Singer
Lo conocimos personalmente en
Nosotros ya estábamos afiliados al Club Ideas y Acciones de
Tenía un franco carisma cudillesco, pero antes que eso era un conductor. Confiaba en la persuasión. Profundamente racionalista, sustentaba su poder de convocatoria en buenos argumentos y en toda discusión era sensible y permeable a cualquier disenso fundado de una sólida lógica.
La política constituyó, obviamente, el centro mismo de su existencia. Todo su ser estaba inmerso en ella. Todo su claro talento y todas sus energías, que eran inmensas, la abarcaban. El país como meta y el partido como instrumento, fueron la motivación apasionada de su vida de todos los días, el eje de sus desvelos, las causa de sus alegrías o tribulaciones. El país y el partido lo concernían de tal forma como si con él formaran un conjunto indivisible, un todo único.
La industrialización del Uruguay fue el impulso más firme en su acción de gobernante, concebida como una estrategia al servicio del desarrollo independiente y del bienestar popular. Careció de un marco teórico adecuado para sustentarla sobre bases más consistentes y la intelectualidad uruguaya de mediados de este siglo no fue capaz de brindárselo. El enfrentamiento con los intereses agro-importadores de adentro y los industriales de afuera, fue duro e implacable. De todos modos esa etapa industrializadora, basada fundamentalmente en la sustitución de importaciones, representó un progreso real, funcional para el país en su conjunto y para el nivel de vida de su gente y determinó transformaciones irreversibles en la economía nacional.
Su lucha contra los magnates de la industria europea y su firme defensa de los intereses nacionales ante los gobernantes y los empresarios norteamericanos, dentro mismo de los Estados Unidos, cuando viajó a este país siendo Consejero Nacional de Gobierno, son hitos imborrables de la histórica causa batllista al servicio del progreso del Uruguay.
José Batlle y Ordóñez, su tío y maestro, a quien lo unía un cariño filial hondo, entrañable, fue su numen inspirador, su referencia constante. De ahí su veta justiciera, el contenido social y solidario de su liderazgo político y de sus esfuerzos de gobernante. La justicia social para Luis Batlle, igual que para José Batlle y Ordóñez, no era una cuestión de funcionalidad económica ni componente de un determinismo histórico. Representaba algo anterior, más alto y más profundo a la vez. Formaba parte de una concepción filosófica humanista. Era, en sustancia, un mandato ético.
Estos trazos gruesos en la evocación de Luis Batlle, que intentan demostrar algunas aristas de su singular personalidad, cobran sentido – en particular para quienes fuimos sus alumnos, militantes de su causa, compañeros de tareas en su diario – si somos capaces de asumir su prédica y sus ejemplos. Para Luis Batlle, bien lo sabemos, otro homenaje no tendría ninguna razón de ser.
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