martes, 14 de julio de 2009

Conmemoración del 45º Aniversario de la muerte de Don Luis Batlle Berres (6)

Evocación de una imagen perenne

Un 15 también, pero de febrero de 1985, la muerte arrebató a “Maneco”, como todos lo conocían, de una larga lucha, pero sin derrotarlo.

El artículo que transcribimos, escrito en su impecable estilo, transluciendo el dolor que le provocó la muerte de Luis Batlle, fue publicado en “Acción” al cumplirse un año de dicho deceso.

De allí lo tomamos para que su autor no falte a una cita a la que el destino le impidió concurrir.

Más que el adjetivo, más que el ensayo político o la valoración histórica, quizás una posible manera de cumplir con Luis Batlle en este primer aniversario de su muerte, consista en evocar y más nada algunas entre las innumerables imágenes que de él nos habitan, en ofrecerlas a quienes no tuvieron un trato personal con él, en revivirlas siquiera sea para nosotros mismos.

¿Cuál elegir entre tantas? Sólo sé que entre las que se entrecruzan al repetir su nombre es imprescindible no olvidar la más lejana y paradójicamente la más esencial: la del primer día que lo vI, en la vieja Redacción del Salvo, cuando después de entregar la Presidencia de la República se aprestaba a salir para Europa.

Luis Batlle era uno de los hombres que nos comunicaban con los muertos.

Pienso ahora que entre las cosas que me impresionaron en él desde aquella primera vez, estaba, antes que ninguna otra, esa condición desprendida de la cual nunca pude enteramente mirarlo: la de venir directamente desde la historia.

O lo que es lo mismo, la de haber nacido en el centro de aquel torbellino cuyo tronco fue el viejo Batlle. La de haber crecido entre las Agrupaciones de gobierno, las Redacciones ardorosas y las Quintas suburbanas, desde donde nacía a su vez cada hora, entre polémicas y duelos, entre discursos, piedad, declaraciones y combates, la patria misma. O para decirlo con el idioma del Batllismo, que es más corto y más seco, el país.

Para mí, claro, atrás y desde siempre había otra historia. Yo la había tocado y sentido antes y de otro modo, como un estremecimiento más apagado y lejano, más general y difuso. Una historia más vieja, entrevista entre capataces rurales y caballos, entre libros de escuela y el paisaje con piedras de Illescas, donde cualquier caminante, a poco que se le mire en la perspectiva de unos cuantos pasos, parece representar los hombros emponchados, la silueta como recortada de firmeza de un Fausto Aguilar perviviente.

La historia desde la cual salía Luis Batlle era obviamente otra, más reciente pro no menos mítica.

Y por eso, incorporarse a él, someterse a la línea que encabezaba irresistiblemente, más que adherirse a un hombre era como si lo utilizáramos para ingresar también nosotros a ese mundo maravilloso y perdido, a ese formidable paisaje que se llama Batllismo y en cuya perspectiva, entre las cruces que marcan el sacrificio de Brum o el martirio de Grauert, se alzan como catedrales las realizaciones de Batlle y Ordóñez, las duras campañas militares o cívicas, los discursos luminosos de Arena.

Ese era Luis Batlle. Y cuando digo que nos comunicaba con los muertos, desde los cuales venía, era porque con él estaban vivos de algún modo sutil, casi remoto. Nadie es jefe en virtud de su fuerza, nadie como consecuencia de su energía o razón. La jefatura no es el arte prepotente de someter a los demás. Por el contrario, es el de levantarlos desde su mera condición individual a la dignidad colectiva.

Jefes son los que nos comunican con el pasado, los que nos entregan por nuestras propias fuerzas la inalcanzable corriente que viene desde tan atrás, los que por eso mismo con una naturalidad sin esfuerzo son capaces de indicarnos el rumbo.

Luis Batlle era él, solo él, un espectáculo en sí mismo. Porque además entretejida con todo lo que él significaba, estaba la densidad que su propio, personal destino de conductor había agregado, victoria tras victoria. En sus últimos años era el país entero el que descansaba sobre sus hombros, el que se equilibraba en torno a su figura, con el reconocimiento hasta de sus más enconados adversarios.

Y era porque, desasida de todo ese peso, estaba su presencia personal, su cualidad humana intransferible, el hombre que él era ya nada más. Y cuyo movimiento fácil en la vida y en la relación con los otros seres lo llevaban a disimular casi, con su afabilidad, su llaneza, su espíritu de amigo agradable, todo lo que estaba sosteniendo en otros órdenes de la vida colectiva de la República.

Era imposible no admirarlo, pero más fácil todavía era quererlo. Lo que tuvo de hombre guapo; lo que tuvo de una juventud que no perdió ni cuando dentro de su ataúd fue llevado por el llanto entero de su pueblo; lo que tuvo de bondadoso, de leal y de enamorado de todo lo que en este mundo es digno de enamoramiento, y hasta su manera de hablar y de reír, lo llevaban a quedarse con la adhesión de los demás como por derecho propio.

Para nosotros, que éramos de su hueste, resultó curioso, cuando la derrota de 1958 lo llevó al Senado y al diario contacto con enemigos casi mortales que no habían hablado nunca con él, verlos sucumbir también a éstos, ver como Luis se quedaba uno a uno con ellos hasta ser, en el cónclave de sus amigos y de sus adversarios, el que de nuevo los encabezaba y los mandaba a todos.

Y aún más: porque de nada valdría quizás todo esto si no hubiera estado, como el mayor dolor, una prueba definitiva en su vida: el revés electoral que en 1958 marcó, con el descenso del Partido Colorado, el comienzo de las calamidades en la República.

Hay otra imagen aquí de Luis Batlle. Una más honda, más grande todavía. La del que permanecía aquella noche silencioso, en aquel pequeño estudio del piso superior de Radio Ariel, mientras la ciudad se estremecía con el paso tumultuoso de los adversarios, ebrios de una victoria con la cual después sólo supieron hacer daño. Compañeros de toda condición social subían hasta aquel estudio a estrechar en silencio la mano de Don Luis, a permanecer un instante junto a él, para bajar enseguida con los ojos húmedos. Creo que en la historia de nuestras luchas políticas no se haya consumado jamás, con tanto ensañamiento, una injusticia tan grane contra nadie, como la que contra Luis Batlle marcó aquella desastrosa jornada.

Pero curiosamente, el hacer derrotados no es un privilegio a la derrota.

Como si dijéramos que la adversidad con algunos, y Luis Batlle era de éstos, lo más que consigue es recortarlos mejor en lo que tienen de afirmativos y viriles. O como si dijéramos todavía que no hay jefes acabadamente merecedores de ese nombre, si no pasaron un día por la prueba suprema de perderlo todo sin perder, sin embargo, el amor, la fidelidad de los suyos.

Creo verlo aún, con el oscuro impermeable sobre los hombros, inmovilizado y entero en el inhumano sufrimiento que aquel resultado electoral le imponía.

-Pobre país- fueron las primeras palabras que dijo, y enmarcadas en el enorme silencio, aquellas palabras eran las que comenzaban la lucha, las que nos recordaban a todos que no era en nosotros ni en el Partido, sino en la República en donde había que colocar el dolor y el pensamiento.

Era ya otro Luis Batlle, con muchos años más. Era otra lucha la que empezaba.

Tomado del fascículo de homenaje a Luis Batlle Berres del Diario Lea (1989) en ocasión del 25º aniversario de su fallecimiento.

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